- Conoce la ciudad de México desde su techo de nubes.
Cuando salí por el afrancesado acceso de la estación Bellas Artes del metro, me encontré de frente con el imponente Palacio de fachada de mármol rosa y café, inaugurado en 1931 bajo el mando del arquitecto Federico Mariscal; a las tres de la tarde el sol era intenso y deslumbrante, una tregua de Tláloc, luego de que en las semanas anteriores el cielo pareciera romperse durante las tardes en torrente infinito... Cuando estaba a punto de sentarme a esperar a mi acompañante, el celular timbró de repente y una voz femenina preguntó: "¿Por qué estás tan triste?".
La torre Latinomericana, ubicada en contraesquina del Palacio de Bellas Artes (Madero y el Eje central Lázaro Cárdenas), fue durante mucho tiempo el rascacielos mas alto de la ciudad de México; posee una altura de 44 pisos (182 mts) y su construcción tardó ocho años. Se inauguró en 1956 como el primer y más grande edificio con fachada de cristal y fue también, en ese entonces, el único rascacielos, en todo el mundo, que se encontraba ubicado dentro de una zona de alta sísmicidad.
"¿Por qué tienes esa cara tan triste si ya estoy aquí?"- insistió mi interlocutora, a quien reconocí como mi com pañera ausente. "¿Por que no puedo verte?", le respondí. "Es que tú no tienes una lente zoom"... Rápidamente entendí todo: ella se había adelantado a nuestro encuentro y para ese momento estaba en el mirador de la Torre, desde donde seguía atentamente mis movimientos con su poderosa cámara fotográfica. "Sube, la vista es maravillosa, las nubes son mi visión favorita ¿sabías?" Emocionado, me apresuré a cruzar la avenida con una extraña sensación de ser un objeto de estudio.
El costo para subir a la torre es de cuarenta pesos para los niños y cincuenta para los adultos; luego de que me pusieron mi pulserita morada como boleto, me apresuré a entrar al elevador; en mi estómago se produjo un hueco por la velocidad, pues en menos de diez segundos estaba ya en el piso treinta y siete, donde se transborda para llegar al mirador. Subí las escaleritas de cristal en forma de caracol y un chiflonazo de viento gélido pre invernal me recibió. Sabina estaba también ahí. Nos saludamos emocionados y reímos. Después de un abrazarla no pude contener un suspiro cuando mis ojos cubrieron por completo la antigua ciudad del Anáhuac.

A nuestra espalda, una cortina negrísma de lluvia avecinaba el final de nuestro vistazo a la otrora Ciudad de los Palacios; en Neza parecía estar lloviendo a cántaros: lo confirmamos cuando los despegues del aeropuerto se notaron claramente mas esporádicos y lo experimentamos en carne propia cuando las ráfagas de viento nos golpearon el rostro sonriente por la experiencia sui generis. Desde esa altura y con las nubes a nuestros pies no se puede hacer otra cosa, sólo ser felices.
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