
Hay cosas desajustadas en la casa de mi vida: tuercas flojas, tornillos barridos, los ángulos están flojos y rechinan, alguna conexiones no embonan (unas entran con calzador, las otras están guangas), creo que la humedad del techo terminara por derrumbarlo sobre mi cabeza casposa de yeso... Sin embargo cuando me asomo por la chueca ventana dejo de experimentar la redundante sensación, dejo atrás el sentimiento agrio que se percibe, dejo el sentimiento que cala que aprieta y sofoca.
Afuera el cielo fresco esta abierto como el rastro de una res en rastro, y yo sigo viendo le el rostro agrio a mi mismo: estoy enclaustrado conmigo... Afuera todo es techo protector, me gusta que el agua moje para refrescar ideas, afuera la brisa azul sopla con soltura, ¿que importa ya si deje mi ropa adentro?.
Salgo, escapo por la ventana casi en referencia beatlesca, no traigo un cuchillo pegado a mi cintura, pero si mis uñitas de gavilán pollero y los colmillos de cánido hambriento, no traigo mis lentes, pero si forzó la vista como panochitas orientaloides, ni necesito tantas dioptrias.
¡Que bueno que salí a tiempo!, ¡que bueno que escape de mi misma estancia!, que bueno que no me olvide adentro de mi, ¡que bueno que me acompañe!, (el cielo azul abre aun mas sus costillas), los avechuchos canturrean y mis labios inesperadamente sonrien: nadie me dijo que también había puertas afuera.